Una taza decafé, más que bebida, se torna en ritual. No es el grano oscuro ni su molienda
precisa lo que define su esencia, sino el
momento compartido, el lazo tejido entre almas que convergen en un sorbo.
El aroma nos
seduce, nos envuelve como un susurro que invita al diálogo. Es el puente
invisible que lleva las palabras desde el corazón hasta la mente, y allí las
convierte en ideas
que encuentran armonía. En ese vaivén de notas tostadas y dulces, los
pensamientos se alinean, y el mundo parece girar con más claridad.
La tibieza del
café sirve como tregua. Es la pausa serena en la vorágine cotidiana, donde las
manos que sostienen la taza también sostienen la oportunidad de entenderse. Ese
calor nos acompaña, nos abre caminos a la empatía, a la comunión en los puntos
de vista.
El color oscuro,
profundo y terroso, nos conecta con los valores. En esa gama de tonos que
cuentan historias de tierras
lejanas y trabajadas con amor, aprendemos que cada taza tiene un eco de
humanidad. Y en el reflejo de ese líquido, descubrimos las virtudes de quien
nos acompaña, su esencia. Compartir el café es, entonces, compartir la vida
misma, el pacto de lo que somos.
¿Es el café el
protagonista? No. Es el alma que se revela en el intercambio. En esa ceremonia
de compartir el sencillo acto de beber, radica su mayor belleza.
En mi caso
particular, me tomaría un buen café, marrón claro, con el general CiprianoCastro Ruiz. Y lo tomaría en una cafetería de mi San Cristóbal querida ..!!!!
Y tú, ¿Con quién
te tomarías un café?
Déjame en los
comentarios tus preferencias y tus inquietudes...


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