Cerramos este Adviento con el
alma colmada de gratitud, dejando atrás la penumbra para recibir la luz. Al
susurrar hoy que «el
Verbo se hizo carne», celebramos el asombro de un Dios que no quiso la
distancia del cielo, sino el calor de nuestra orilla; que eligió habitar
nuestro cansancio, caminar nuestras sendas y abrazar nuestra fragilidad para
darle a todo un sentido eterno.
Que el eco del Ángelus no sea
solo una oración, sino un latido vivo en nosotros. Que la paz que los ángeles
cantaron sobre el
pesebre encuentre hoy posada en sus hogares, y que el año que asoma en el
horizonte sea el lienzo donde sigamos trazando, juntos, una vida tejida de
armonía, propósito y plenitud.
¡Feliz Navidad!
Que la Luz brille siempre en sus corazones

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