Estimado Dr. Luis Hernández Contreras, en este día 20 de mayo, significativo para las letras y la memoria civil de nuestra patria, reciba un afectuoso saludo de felicitación por su extraordinaria e incansable labor como Cronista Oficial de San Cristóbal. Día motivado por el natalicio del primer cronista oficial de la ciudad de Caracas : Enrique Bernardo Núñez.
El devenir
histórico de San Cristóbal es un relato de fronteras, resistencia y una
profunda voluntad institucional que bien puede descifrarse a través de las
grandes obsesiones que Enrique Bernardo Núñez plasmó en su obra. Recorrer la
huella sancristobalense es entablar un diálogo con ese país profundo que el
maestro caraqueño vislumbró desde la literatura y la crónica.
La andadura civilizatoria de nuestra región comienza en esa búsqueda de la propia identidad y el arraigo, un despertar que se asemeja a la mirada íntima de Sol interior (1918); San Cristóbal en su aislamiento decimonónico, forjó desde adentro su propia luz, configurando un carácter laborioso, reflexivo y de un hondo sentido de pertenencia antes de abrirse plenamente al concierto republicano.
Ese tránsito hacia la madurez política y el peso de las armas se hace evidente al mirar los ciclos de las revoluciones andinas, un eco vivo de las tensiones y los reacomodos sociales que suceden a las grandes gestas americanas, tal como Núñez lo retrató al analizar las promesas y contradicciones republicanas en Después de Ayacucho (1920). San Cristóbal no fue ajeno a esa inercia; al contrario, se convirtió en el epicentro desde donde se redefiniría el poder en Venezuela. La irrupción del estado en la dinámica nacional no fue solo política, sino económica, marcada por el aroma del café y, posteriormente, por el impacto del capital petrolero. En Cubagua (1931), Núñez construye una metáfora perfecta sobre el choque de temporalidades, la codicia y cómo la riqueza material transforma los mitos de una nación. San Cristóbal y sus pueblos vivieron su propia "Cubagua" con la bonanza cafetalera y el posterior advenimiento de la modernidad hidrocarburífera, un choque cultural y financiero que alteró el paisaje andino pero que, a diferencia del mito insular de la destrucción, San Cristóbal supo canalizar hacia la construcción de infraestructuras, imprentas y centros educativos. Esa dualidad entre lo telúrico y lo moderno, entre el peso de la tradición y el vértigo de los tiempos que cambian, se manifiesta en la compleja transición social que el autor explora en La galera de Tiberio (1938), reflejo de una provincia que siempre ha navegado entre la preservación de sus valores ancestrales y la audacia del progreso. El punto de inflexión definitivo en la historia contemporánea del país y de la región se hilvana con la llegada de los hombres de la cordillera al centro del poder. El riguroso análisis que el cronista realiza en El hombre de la levita gris (1943) sobre el gobierno de Cipriano Castro y la Revolución Restauradora, no es más que la constatación histórica de cómo el Táchira rompió el viejo esquema del caudillismo tradicional para iniciar la verdadera unificación político-territorial de Venezuela. Aquella gesta, nacida en los campos tachirenses, transformó para siempre la fisonomía del Estado venezolano. Una transformación que, inevitablemente, alteró la cotidianidad de los centros urbanos; la nostalgia por el pasado y la crónica de las ciudades que pierden su fisonomía colonial ante el empuje de los nuevos tiempos —eje central de La ciudad de los techos rojos (1947)— encuentra un eco perfecto en la San Cristóbal del viejo Ferrocarril del Táchira , las casonas de zaguán y las retretas en la plaza bolivar, una urbe que ha tenido que aprender a crecer con paso firme hacia la modernidad sin perder la poesía de su memoria urbana. Finalmente, San Cristóbal es, ante todo, una bisagra geopolítica, una tierra que entiende la soberanía y la libertad desde la vivencia diaria de la frontera. El resguardo de la integridad territorial y el estudio de los derechos de la patria, que Núñez abordó con celo analítico en Tres momentos en la controversia de límites con Guayana (1945), se vive en San Cristóbal no como un concepto abstracto, sino como una realidad cotidiana de intercambio, diplomacia y defensa de la venezolanidad frente a la línea fronteriza colombiana.Hilar la
historia sancristobalense a través de la mirada de Enrique Bernardo Núñez es
comprender que el devenir de nuestra ciudad es un testimonio de
institucionalidad selectiva, resiliencia y resguardo de la memoria, un legado
que los cronistas de nuestra tierra continúan descifrando para que el pasado
siga siendo la brújula del porvenir.
Felicitaciones
en su día mi estimado Don Luis Hernández Contreras. Un gran abrazo.
Solo con la historia narrada de un pueblo, se conseguirá la fama de sus pobladores.









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